Estuvo muerta en vida demasiado tiempo. Ella era pálida, aunque se puede decir que casi envidiaba a la nieve por ser de una blancura que no difería de su palidez más que en el contraste que ésta encontraba con unas ojeras púrpuras y con el tono café de su cabello corto y muerto más que ella solo en un atisbo imperceptible. Sus labios grisáceos y agrietados predicaban únicamente frases de sufrimiento con matices de una repetitiva despedida, que llegó a ser incluso rutinaria y aburridora para los oídos espectadores. La sangre en sus venas apenas corría. Todos perdieron las esperanzas cuando oyeron el unísono y lineal tono característico del electrocardiograma que declara un corazón que deja de latir.
Mucho tiempo después abrí los ojos y me di cuenta de que mi vida se había fragmentado: la que yo había sido finalmente murió. Todas sus lágrimas y sus lamentos la acompañan en los cientos de metros de tierra que la mantienen sepultada en el campo del recuerdo borroso, parcial y limitado que tengo de ella.
Me dejó mucho trabajo: mientras yo vivía en el limbo existente entre la que se fue y la que quedó, entre el final concluido y el comienzo inconcluso, tuve que recoger cada fragmento de todo lo que rompió en la fiesta que hizo con mi cuerpo y con mi psiquis. Ahora sostengo muchos de ellos entre mis manos, buscando la manera de poner en orden ese rompecabezas que requiere reunir los fragmentos divididos, desechar los que quedaron inservibles y buscar nuevas piezas que encajen en los numerosos vacios que hacen que yo parezca uno de esos legendarios quesos lleno de agujeros.
Todo esto mientras estoy parada en medio de un espacio níveo, sola y cubierta por el oscuro y denso abrigo de la ignorancia: soy ignorante del futuro tanto como soy ignorante del pasado. Tengo también una bufanda con un tejido entrecruzado de indiferencia y egoísmo que me ayuda a que poco me importe lo que pase a mi alrededor y a entregar poco de mí para no arriesgar mi frágil montón de fragmentos sin estructura.
Ahora me enfrento a un desafío que solo con nombrarlo retumba en el eco de la inseguridad. Tengo que “refragmentarme”. He vivido mucho tiempo sin propósito, solamente arreglando la destrucción del tsunami que inundó mi ser. Ahora tengo que vivir. Ese es tal desafío: vivir y ser una nueva persona que se arriesgue a salir de en medio del final y emprender el nuevo comienzo. Encontrar gustos, disgustos y amistades; crear luchas, metas y una personalidad pétrea y, por último, abrirle un espacio a esas palabras absolutistas que por convicción ajena no caben en mi realidad: amor, siempre y nunca.
En proceso de refragmentación,
Laura

¡Qué lindo volver a leerte! Tan llenas de sentido, tus metáforas me emocionaron!
ResponderEliminarCelebro tu desafío y sé que tenés todo para lograrlo. Fuiste muy fuerte soportando el dolor, sobreviviendo; toda esa fortaleza está disponible para "refragmentarte",para esa unidad que tanto anhelas.
Vivir siempre es un desafío para los que optan por ello!
Sabes que te acompaño en este proceso de refragmentación... Mil besos, hermosa!!!