
Belle es lo que veo cuando me miro al espejo. Mi reflejo no soy yo, es ella. Belle es la que quiero llegar a ser, pero al mismo tiempo, soy yo misma. Nació cuando yo tenía 15 años y fue hija de la necesidad de no enfrentarme con mi temor a Dios. Belle es sinónimo de autocontrol, de enfermedad y de riesgos. Pero también de satisfacción, de perseverancia y sobre todo, de una belleza desfigurada. Así fue como Belle entró en una carrera hacia la perfección, sin saber siquiera lo que perfección es.
Belle es ingenua, se cree todo lo que le dicen porque vive de las apariencias. Sólo le importa el exterior y todos sus sentimientos, sus angustias, sus alegrías y su diario vivir giran en torno a él. Es tan superficial que incluso raya en la ignorancia, en el irrespeto y en la vulgaridad. Es totalmente asocial y odiosa, por supuesto, ser tan egocéntrica hace que se le olviden los demás.
Mi convivencia con ella sale a flote por lo general tres veces al día: a la hora del desayuno, a la hora del almuerzo y a la hora de la comida. Siempre que me voy a llevar un bocado a mi boca viene Belle para decirme que lo piense dos veces. Algunas veces la mando a dar un paseo y a que se tape los ojos y los oídos porque voy a comer y eso para ella es algo censurado, prohibido, tóxico e incluso mortal. Algunas otras la escucho y la obedezco, dejo que me lave el cerebro y que se siente a hablar conmigo mientras los demás comen.
Muchas veces he tratado de deportarla definitivamente pero siempre se las arregla para volver porque se alimenta de mi debilidad, me hace creer que ella me hace fuerte y que yo no puedo vivir feliz si ella no vive conmigo. Pero la verdad es que me hace bastante infeliz de una manera tan física que yo no puedo controlarlo. Manipula mi cabeza para que solo cree ideas erróneas, concepciones falsas y una vida de fantasía.
No voy a decir que voy a desechar a Belle, pero si lo que quiero es vivir, tengo que ponerla en un segundo plano de mi vida. Tengo que decirle que si quiere convivir conmigo va a tener que ceder un poco, va tener que dejar que me alimente, y no solo de comida, sino que me alimente de experiencias.
Por otro lado están las amistades de Belle, que no son más que fotocopias de ella. Todas tan egocéntricas y tan ensimismadas que en realidad no pueden construir amistades sólidas entre ellas, aunque se refugien bajo el mismo manto de la inanición. Sin embargo, yo las estimo mucho. Las comprendo y quisiera vivir con todas y cada una de ellas así sea una hora de mi vida. Quisiera abrazarlas y decirles que entiendo por lo que están pasando, que no están solas en el mundo, que cuentan conmigo y que no hay motivos suficientes para morir de hambre como las hay para vivir sonrientes.
Por ahora, me sentaré a recuperar todo el tiempo que he perdido en una pizza, todas las experiencias que he dejado de vivir en una hamburguesa, todos los almuerzos con mi familia que ignoré y todas las sonrisas que derramé en la sazón de mi abuelita.
Comiéndome la vida,
Laura.

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