
Hoy me levanto temprano y como siempre, con afán. Así que trato de hacer toda mi rutina matutina rápido pero de todas maneras se me hace tarde. Salgo de mi casa y ahí está: un día hermoso. La mayoría de la gente que pasa se queja en voz alta sobre el clima, pero a mí me encanta.
Hay una capa espesa de nubarrones grises que cubren por completo el cielo y un aire de llovizna que me acaricia el rostro y despeina mi pelo. Sonrío porque el clima combina perfectamente con lo que llevo puesto y decido cambiar de opinión: Ya es tarde para llegar a mi destino, por eso mejor voy a caminar a uno de los pocos espacios verdes de mi ciudad y así disfruto del clima.
Mientras camino, observo cómo las calles, los árboles, las personas que pasan junto a mí y yo nos dibujamos en los charcos causados por la lluvia. Me concentro en acompañar mis pensamientos con el sonido que hacen las gotas cuando chocan con la sombrilla, y soy feliz independientemente de lo que sea que esté pensando.
Siempre que esto pasa me convenzo más de que Bogotá es mi ciudad preferida. No podría reemplazarla por una menos lluviosa, menos congestionada, menos atiborrada o menos contaminada. No hay una ciudad que pueda gustarme más, a menos de que supere a Bogotá en estos factores como Londres o Nueva York.
Mientras estoy allí, bajo la capa invencible de mi sombrilla, pasan miles de cosas por mi cabeza. Como que por fin estoy dispuesta a enamorarme, que por fin estoy en la búsqueda de ese complemento perfecto y que no me voy a negar la posibilidad de conocer a alguien y ¿quién sabe?, tal vez pueda llegar incluso a amarlo.
Pienso que quiero tener hijos, muchos hijos. Que van a ser pares de gemelos hermosos, que me voy a poner como un balón de playa y que no me va a importar porque voy a tener una causa divina para ello. Que los voy a amar con todo mi corazón y que voy a tener más razones para estar contenta por haber sobrevivido todo este tiempo, que todo se va a justificar y que van a ser algunos llorones a los que les van a gustar los vegetales tanto como a su madre, la carne como a su padre y los chistes flojos como a su tía.
Pienso mucho en lo que pasó aunque no quiero ser una de esas personas que viven atadas a su pasado. Si no tuviera tantas marcas físicas de aquella época tal vez no me acordaría de nada y podría tener una sonrisa espléndida y los ojos llenos de vida, pero estoy más convencida de que si fuera así yo erraría de nuevo. “uno debe saber qué es frío para disfrutar de lo caliente”, digo yo. Por eso tampoco diré que no amo las vacaciones en una playa que me tueste la piel o alrededor de una piscina que la reseque. Las disfruto tanto que cuando vuelvo a las heladas sabaneras debo dormir algunos días para recuperarme.
Pienso que uno puede ser feliz donde quiera que esté porque la felicidad no depende de factores externos como el clima: la felicidad es algo que está en uno y uno decide si la toma, la exprime, la recarga y la reutiliza infinitamente. Pienso que si estuve infeliz todo este tiempo fue porque lo pensé todo demasiado, porque la felicidad estaba ahí, pero yo decidía volver más importante todo lo demás y olvidarme de ella. En algún momento atrás pisoteé mi felicidad y la arrojé tan lejos que luego para encontrarla me tardé bastante y ahora, todo lo que tengo es una felicidad herida y rota que tengo que remendar para poder usar de nuevo. Y aún bajo la sombrilla me asombro y suelto una risita casi silenciosa cuando me doy cuenta de que en mi mente la felicidad es una naranja que tiene dibujada una carita feliz con unas imborrables letras negras.
Laura Villa,
Caminante pensando permanentemente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario