domingo, 6 de junio de 2010

LOCA


Creo que no soy la persona adecuada para juzgar el sistema de salud de mi país. Sí: estuve interna en un hospital siquiátrico pero aún no soy la persona adecuada. No lo soy porque para ellos no soy apta para hacerlo, para ellos mis condiciones mentales limitan la autonomía de mis capacidades para elegir, para actuar, para pensar, para vivir y para todo lo que requiera cordura.


No lo soy porque estoy confundida: no sé si el haber estado en aquel lugar me abrió los ojos o si me heló el corazón. No sé si ver a aquellas niñas que pesan menos que una pluma amarradas a una camilla mientras son alimentadas por una tubería autoritaria me pareció inspirador o desastroso. No sé si hablar con personas que creen que a nuestro alrededor se vive la guerra de Vietnam fue perturbador o revelador. Definitivamente no sé si sentir mis huesos congelándose fue algo que me ayudó a avanzar o a retroceder.


Tampoco sé porqué. No entiendo las razones. Es obvio que el congelamiento era producto del abandono, del aislamiento, de la novedad, de la falta de protección, de la ausencia de calorías y del fantasma de un cálido abrazo más que del mismo característico frío de sabana. Pero lo hubiera entendido igual sin tanto radicalismo. Fue inútil que la enfermera se sentara junto a mí mientras yo comía, que me sedara día y noche, que me bañara con agua fría, que mantuviera todo objeto filoso fuera de mi alcance o que me obligara a hablar con los demás internos.


Sin embargo, estar allí me ayudó a entender que los supuestos siquiátricos se quedan cortos, que lo que yo necesitaba no era una internación en ese hospital de ultratumba ni unos sedantes que lo único que hacen es restringir mi derecho a la libertad y hacerme ver como muerta viviente. Lo que yo necesitaba era apoyo, era calor, era un hogar, una amistad o una sonrisa. Lo que yo quería era simplemente que alguien me tomara de su mano y me llevara a conocer los caminos del amor. Pero no pasó así y nunca vale la pena llorar sobre la leche derramada.


Culpables hay varios, pero la más culpable soy yo misma por hacerles pensar a todos que nuestra señora de la paz era mi hogar. Yo me encargué de demostrar que mi familia debían ser unos cuantos lunáticos y unas enfermeras poco cordiales, que mi cama debía tener tendidos azules y que yo debía compartir una habitación con aquella persona que era mi reflejo rubio.


No digo que me sirvió más que con un efecto contrario. Me sirvió para darme cuenta de que ésa no es la vida que yo quiero para mí, de que no me quedan bien las camisas de fuerza y de que no puedo tener visitas únicamente a las 6 de tarde. Así que no: no soy yo una persona adecuada para juzgar el sistema de salud de Colombia, porque lo sufrí y aún hoy sigo pensando que estar allí fue una helada innecesaria en los polos de mi mundo. Sin embargo, también sé que vivirlo fue activar el calentamiento global que derretiría mis casquetes polares y me haría el charco que soy ahora.


Laura


1 comentario:

  1. Paredes tan heladas como tu propio corazón, que se parte en dos cada vez que te obligan y presionan, colores tan planos como tus ojos que gritan pidiendo ayuda en cada parpadeo.
    Encuentros tan violentos en tu interior, que te doblan regalandote la peor de las dualidades, en un si o un no, recudicidos a lo benefico o, inevitablemente, perjudicial.
    Fuimos, somos y seremos locas, y qué?
    es mejor estarlo.

    P.S Reviviste con esto, gran parte de mi pasado.
    Paula Cortés

    ResponderEliminar