lunes, 7 de junio de 2010

INCONCLUSA

No se puede concluir algo que no tiene final. No lo tiene porque lo que estoy haciendo es algo que durará para siempre y que cambiará su rumbo día tras día, con cada experiencia vivida. Es cierto: el tiempo y la distancia todo lo pueden. Esos dos monstruos de la naturaleza pueden hacer y deshacer a su antojo. Ni el amor ni la amistad han podido resistir con piernas fuertes el huracán desatado por lo que simbolizan un reloj o unos cuantos Kilómetros.

No pueden porque ayer viví muchas cosas que cambiaron mi manera de ver la vida, porque hoy también las viviré y porque mañana las viviré diferente. Porque unos segundos bastan para descubrir que me gusta que me miren a los ojos, que mi sabor preferido de helado es vainilla, que mi fruta predilecta es la cereza, que el azul es mi nuevo color, que mi pelo ha crecido un par de centímetros y que tengo una nueva peca en mis mejillas. Todo eso, insignificante para muchos, define novedades importantes para mí. Me permite conocerme, describirme y amarme.

No puedo concluir nada, porque soy como un neonato. Cada experiencia que perdí en el pasado la estoy disfrutando apenas ahora. Y tal como un bebé quiero aprender a ponerme de pie e intentar tocar el cielo, quiero aprender a caminar y andar por caminos nuevos cada día, quiero aprender a hablar y quiero conocerlo todo. Todo esto requiere tiempo, paciencia y sobre todo, maestros. No quiero ser una simple imitadora y sé que no lo seré pero siempre el osezno necesita que le enseñen a pescar, el tigrillo necesita que le enseñen a cazar y el gato necesita que le enseñen a caer sin lastimarse.

He cambiado, pero para aquellos que no me conocieron cuando no había cambiado aún, les basta mirar detenidamente mis ojos y concentrarse en mi iris color ceniza. Después de meter mi pasado en una caja y quemarlo sin piedad, sólo me quedó en mi mirada una expresión del color de las cenizas. Por ahora, prometo no quedarme atada a ese pequeño atisbo naranja fluorescente que quedó del fuego, a esa intensa chispa que amenaza con encenderse de nuevo, con encenderme de nuevo.

Con mirada reveladora,

Laura

domingo, 6 de junio de 2010

LOCA


Creo que no soy la persona adecuada para juzgar el sistema de salud de mi país. Sí: estuve interna en un hospital siquiátrico pero aún no soy la persona adecuada. No lo soy porque para ellos no soy apta para hacerlo, para ellos mis condiciones mentales limitan la autonomía de mis capacidades para elegir, para actuar, para pensar, para vivir y para todo lo que requiera cordura.


No lo soy porque estoy confundida: no sé si el haber estado en aquel lugar me abrió los ojos o si me heló el corazón. No sé si ver a aquellas niñas que pesan menos que una pluma amarradas a una camilla mientras son alimentadas por una tubería autoritaria me pareció inspirador o desastroso. No sé si hablar con personas que creen que a nuestro alrededor se vive la guerra de Vietnam fue perturbador o revelador. Definitivamente no sé si sentir mis huesos congelándose fue algo que me ayudó a avanzar o a retroceder.


Tampoco sé porqué. No entiendo las razones. Es obvio que el congelamiento era producto del abandono, del aislamiento, de la novedad, de la falta de protección, de la ausencia de calorías y del fantasma de un cálido abrazo más que del mismo característico frío de sabana. Pero lo hubiera entendido igual sin tanto radicalismo. Fue inútil que la enfermera se sentara junto a mí mientras yo comía, que me sedara día y noche, que me bañara con agua fría, que mantuviera todo objeto filoso fuera de mi alcance o que me obligara a hablar con los demás internos.


Sin embargo, estar allí me ayudó a entender que los supuestos siquiátricos se quedan cortos, que lo que yo necesitaba no era una internación en ese hospital de ultratumba ni unos sedantes que lo único que hacen es restringir mi derecho a la libertad y hacerme ver como muerta viviente. Lo que yo necesitaba era apoyo, era calor, era un hogar, una amistad o una sonrisa. Lo que yo quería era simplemente que alguien me tomara de su mano y me llevara a conocer los caminos del amor. Pero no pasó así y nunca vale la pena llorar sobre la leche derramada.


Culpables hay varios, pero la más culpable soy yo misma por hacerles pensar a todos que nuestra señora de la paz era mi hogar. Yo me encargué de demostrar que mi familia debían ser unos cuantos lunáticos y unas enfermeras poco cordiales, que mi cama debía tener tendidos azules y que yo debía compartir una habitación con aquella persona que era mi reflejo rubio.


No digo que me sirvió más que con un efecto contrario. Me sirvió para darme cuenta de que ésa no es la vida que yo quiero para mí, de que no me quedan bien las camisas de fuerza y de que no puedo tener visitas únicamente a las 6 de tarde. Así que no: no soy yo una persona adecuada para juzgar el sistema de salud de Colombia, porque lo sufrí y aún hoy sigo pensando que estar allí fue una helada innecesaria en los polos de mi mundo. Sin embargo, también sé que vivirlo fue activar el calentamiento global que derretiría mis casquetes polares y me haría el charco que soy ahora.


Laura


AMOR QUÍMICO


Si le creyera, algo estaría fallando en mí. Si lo hiciera, eso indicaría que tengo un defecto de nacimiento o alguna falla que un doctor pudiera reparar con un par de terapias o con una cirugía. Si su versión es la correcta, todas las mañanas yo tomaría un par de píldoras para estabilizar mi enfermedad o me inyectaría alguna sustancia para regular lo que me está pasando.


Espero que sus palabras sean producto de su despecho, que sean el resultado de haber terminado una larga relación en la que él y ella ya se habían sincronizado mutuamente. Espero que esas palabras sean sólo las heridas que salen desesperadas de su corazón, que evacúan y que se evaporan en el aire cada vez que él dispara una sentencia eterna de desamor.


Espero que mienta cada vez que dice que el amor es química pura, que le gusto simplemente porque sus circuitos cerebrales así lo determinaron, que siente mariposas cuando me ve sólo porque unas descargas neuronales hacen que las sienta o que me piensa cada noche porque unas hormonas le producen dicha cascada de simples reacciones emocionales.


Quiero que deje de culpar a la química de la pasión amorosa que descontrola su vida. Pero si se empeña en hacerlo, espero ser yo la persona que dispare su alarma. Espero ser yo la que haga que su organismo entre en ebullición, que su sistema nervioso envíe mensajes a las glándulas de su cuerpo y que su producción de adrenalina aumente inmediatamente.


Quiero estar recostada sobre su pecho cuando su corazón lata más deprisa para escuchar cada de sus 130 pulsaciones por minuto. Quiero que me tenga rodeada entre sus brazos cuando su presión arterial suba. Cuando genere más glóbulos rojos y su transporte de oxígeno se incremente, quiero sentir su respiración en mi cuello.


Si su teoría es verídica, yo estaría gravemente enferma. Habría estado en un coma profundo cada uno de los 19 años de mi vida. Si fuera cierto, necesitaría que él me aplicara con urgencia una desfibrilación, una reanimación y, definitivamente, necesito revivir mientras él toca mis labios con los suyos en una romántica respiración boca a boca.


¿Serás tú quien rompa todas las barreras de mi patología o estás tan atado a la tuya para darte cuenta de que es eso lo que estoy esperando? ¿Te olvidarás de tu pasado y me harás olvidar el mío? ¿Seremos nosotros alguna vez? Eso es tan dudable como tu teoría. Sin embargo, espero que me hagas fiel seguidora de ambas. Así, si nosotros no funcionamos juntos, tendré una simple enfermedad de la que me podré recuperar algún día.


Laura

BELLE


Belle es lo que veo cuando me miro al espejo. Mi reflejo no soy yo, es ella. Belle es la que quiero llegar a ser, pero al mismo tiempo, soy yo misma. Nació cuando yo tenía 15 años y fue hija de la necesidad de no enfrentarme con mi temor a Dios. Belle es sinónimo de autocontrol, de enfermedad y de riesgos. Pero también de satisfacción, de perseverancia y sobre todo, de una belleza desfigurada. Así fue como Belle entró en una carrera hacia la perfección, sin saber siquiera lo que perfección es.


Belle es ingenua, se cree todo lo que le dicen porque vive de las apariencias. Sólo le importa el exterior y todos sus sentimientos, sus angustias, sus alegrías y su diario vivir giran en torno a él. Es tan superficial que incluso raya en la ignorancia, en el irrespeto y en la vulgaridad. Es totalmente asocial y odiosa, por supuesto, ser tan egocéntrica hace que se le olviden los demás.


Mi convivencia con ella sale a flote por lo general tres veces al día: a la hora del desayuno, a la hora del almuerzo y a la hora de la comida. Siempre que me voy a llevar un bocado a mi boca viene Belle para decirme que lo piense dos veces. Algunas veces la mando a dar un paseo y a que se tape los ojos y los oídos porque voy a comer y eso para ella es algo censurado, prohibido, tóxico e incluso mortal. Algunas otras la escucho y la obedezco, dejo que me lave el cerebro y que se siente a hablar conmigo mientras los demás comen.


Muchas veces he tratado de deportarla definitivamente pero siempre se las arregla para volver porque se alimenta de mi debilidad, me hace creer que ella me hace fuerte y que yo no puedo vivir feliz si ella no vive conmigo. Pero la verdad es que me hace bastante infeliz de una manera tan física que yo no puedo controlarlo. Manipula mi cabeza para que solo cree ideas erróneas, concepciones falsas y una vida de fantasía.


No voy a decir que voy a desechar a Belle, pero si lo que quiero es vivir, tengo que ponerla en un segundo plano de mi vida. Tengo que decirle que si quiere convivir conmigo va a tener que ceder un poco, va tener que dejar que me alimente, y no solo de comida, sino que me alimente de experiencias.


Por otro lado están las amistades de Belle, que no son más que fotocopias de ella. Todas tan egocéntricas y tan ensimismadas que en realidad no pueden construir amistades sólidas entre ellas, aunque se refugien bajo el mismo manto de la inanición. Sin embargo, yo las estimo mucho. Las comprendo y quisiera vivir con todas y cada una de ellas así sea una hora de mi vida. Quisiera abrazarlas y decirles que entiendo por lo que están pasando, que no están solas en el mundo, que cuentan conmigo y que no hay motivos suficientes para morir de hambre como las hay para vivir sonrientes.


Por ahora, me sentaré a recuperar todo el tiempo que he perdido en una pizza, todas las experiencias que he dejado de vivir en una hamburguesa, todos los almuerzos con mi familia que ignoré y todas las sonrisas que derramé en la sazón de mi abuelita.


Comiéndome la vida,


Laura.


CAMINANTE PENSADORA


Hoy me levanto temprano y como siempre, con afán. Así que trato de hacer toda mi rutina matutina rápido pero de todas maneras se me hace tarde. Salgo de mi casa y ahí está: un día hermoso. La mayoría de la gente que pasa se queja en voz alta sobre el clima, pero a mí me encanta.


Hay una capa espesa de nubarrones grises que cubren por completo el cielo y un aire de llovizna que me acaricia el rostro y despeina mi pelo. Sonrío porque el clima combina perfectamente con lo que llevo puesto y decido cambiar de opinión: Ya es tarde para llegar a mi destino, por eso mejor voy a caminar a uno de los pocos espacios verdes de mi ciudad y así disfruto del clima.


Mientras camino, observo cómo las calles, los árboles, las personas que pasan junto a mí y yo nos dibujamos en los charcos causados por la lluvia. Me concentro en acompañar mis pensamientos con el sonido que hacen las gotas cuando chocan con la sombrilla, y soy feliz independientemente de lo que sea que esté pensando.


Siempre que esto pasa me convenzo más de que Bogotá es mi ciudad preferida. No podría reemplazarla por una menos lluviosa, menos congestionada, menos atiborrada o menos contaminada. No hay una ciudad que pueda gustarme más, a menos de que supere a Bogotá en estos factores como Londres o Nueva York.


Mientras estoy allí, bajo la capa invencible de mi sombrilla, pasan miles de cosas por mi cabeza. Como que por fin estoy dispuesta a enamorarme, que por fin estoy en la búsqueda de ese complemento perfecto y que no me voy a negar la posibilidad de conocer a alguien y ¿quién sabe?, tal vez pueda llegar incluso a amarlo.


Pienso que quiero tener hijos, muchos hijos. Que van a ser pares de gemelos hermosos, que me voy a poner como un balón de playa y que no me va a importar porque voy a tener una causa divina para ello. Que los voy a amar con todo mi corazón y que voy a tener más razones para estar contenta por haber sobrevivido todo este tiempo, que todo se va a justificar y que van a ser algunos llorones a los que les van a gustar los vegetales tanto como a su madre, la carne como a su padre y los chistes flojos como a su tía.


Pienso mucho en lo que pasó aunque no quiero ser una de esas personas que viven atadas a su pasado. Si no tuviera tantas marcas físicas de aquella época tal vez no me acordaría de nada y podría tener una sonrisa espléndida y los ojos llenos de vida, pero estoy más convencida de que si fuera así yo erraría de nuevo. “uno debe saber qué es frío para disfrutar de lo caliente”, digo yo. Por eso tampoco diré que no amo las vacaciones en una playa que me tueste la piel o alrededor de una piscina que la reseque. Las disfruto tanto que cuando vuelvo a las heladas sabaneras debo dormir algunos días para recuperarme.


Pienso que uno puede ser feliz donde quiera que esté porque la felicidad no depende de factores externos como el clima: la felicidad es algo que está en uno y uno decide si la toma, la exprime, la recarga y la reutiliza infinitamente. Pienso que si estuve infeliz todo este tiempo fue porque lo pensé todo demasiado, porque la felicidad estaba ahí, pero yo decidía volver más importante todo lo demás y olvidarme de ella. En algún momento atrás pisoteé mi felicidad y la arrojé tan lejos que luego para encontrarla me tardé bastante y ahora, todo lo que tengo es una felicidad herida y rota que tengo que remendar para poder usar de nuevo. Y aún bajo la sombrilla me asombro y suelto una risita casi silenciosa cuando me doy cuenta de que en mi mente la felicidad es una naranja que tiene dibujada una carita feliz con unas imborrables letras negras.


Laura Villa,


Caminante pensando permanentemente.


RE-FRAG-MEN-TAN-DO-ME

Estuvo muerta en vida demasiado tiempo. Ella era pálida, aunque se puede decir que casi envidiaba a la nieve por ser de una blancura que no difería de su palidez más que en el contraste que ésta encontraba con unas ojeras púrpuras y con el tono café de su cabello corto y muerto más que ella solo en un atisbo imperceptible. Sus labios grisáceos y agrietados predicaban únicamente frases de sufrimiento con matices de una repetitiva despedida, que llegó a ser incluso rutinaria y aburridora para los oídos espectadores. La sangre en sus venas apenas corría. Todos perdieron las esperanzas cuando oyeron el unísono y lineal tono característico del electrocardiograma que declara un corazón que deja de latir.

Mucho tiempo después abrí los ojos y me di cuenta de que mi vida se había fragmentado: la que yo había sido finalmente murió. Todas sus lágrimas y sus lamentos la acompañan en los cientos de metros de tierra que la mantienen sepultada en el campo del recuerdo borroso, parcial y limitado que tengo de ella.

Me dejó mucho trabajo: mientras yo vivía en el limbo existente entre la que se fue y la que quedó, entre el final concluido y el comienzo inconcluso, tuve que recoger cada fragmento de todo lo que rompió en la fiesta que hizo con mi cuerpo y con mi psiquis. Ahora sostengo muchos de ellos entre mis manos, buscando la manera de poner en orden ese rompecabezas que requiere reunir los fragmentos divididos, desechar los que quedaron inservibles y buscar nuevas piezas que encajen en los numerosos vacios que hacen que yo parezca uno de esos legendarios quesos lleno de agujeros.

Todo esto mientras estoy parada en medio de un espacio níveo, sola y cubierta por el oscuro y denso abrigo de la ignorancia: soy ignorante del futuro tanto como soy ignorante del pasado. Tengo también una bufanda con un tejido entrecruzado de indiferencia y egoísmo que me ayuda a que poco me importe lo que pase a mi alrededor y a entregar poco de mí para no arriesgar mi frágil montón de fragmentos sin estructura.

Ahora me enfrento a un desafío que solo con nombrarlo retumba en el eco de la inseguridad. Tengo que “refragmentarme”. He vivido mucho tiempo sin propósito, solamente arreglando la destrucción del tsunami que inundó mi ser. Ahora tengo que vivir. Ese es tal desafío: vivir y ser una nueva persona que se arriesgue a salir de en medio del final y emprender el nuevo comienzo. Encontrar gustos, disgustos y amistades; crear luchas, metas y una personalidad pétrea y, por último, abrirle un espacio a esas palabras absolutistas que por convicción ajena no caben en mi realidad: amor, siempre y nunca.

En proceso de refragmentación,

Laura